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jueves, 3 de abril de 2008

Mejor hablar con alguien para llegar antes a casa

La semana pasada vengo de currar y durante el trayecto que va del tren a mi casa (El camino de los gapos) hice un nuevo amigo: un chaval de unos 35 años más o menos, delgado, aparentemente normal. yo iba andando deprisa intentando llegar cuanto antes a mi casa pero al pasar más o menos a su lado me comienza a hablar:

- Hace frío ehh - me dice el tío.
- Ya te digo, sobre todo es molesto el aire - respondo yo con naturalidad.
- Sí, este aire es asqueroso - me dice.

Como no he encontrado ninguna foto que ilustrara el post decidí hacer un dibujo, el resultado es penoso pero a mi favor he de decir que me prometí hacerlo sin borrar nada, de todas formas aún borrando lo que me salió mal hubiera quedado igual de lamentable.

A partir de aquí bien, pero una vez roto el hielo me hace un resumen de su vida en 3 minutos:

- Joder tío, estoy jodido, ¿sabes?, estoy en el paro y las estoy pasando putas. Y todo por culpa de un hijo de puta - comienza el tío a soltarme el rollo.
- Jo - digo yo mientras comienzo a percibir que ha debido meterse algo porque parece que está un poco tocado.
- Es que yo tenía curro, ¿sabes?, pero un hijo de puta me acusó de que había robado en una tienda y eso era mentira, yo no había hecho nada.
- Qué cabrón, ¿no? - le di la razón no sea que se le cruzaran los cables, de todas formas por si acaso sujeté la mochila con fuerza por si tenía que salir corriendo.
- Sí tronco, menudo hijo de puta, por su culpa me metieron en la cárcel y yo no hice nada.
- Jope - fue lo único que dije, no se me ocurría otra cosa.
- He salido hace una semana pero estoy sin trabajo y sin nada. Oye, ¿me podrías dejar un euro? - me preguntó antes de girar en una calle.
- Lo siento tío, es que hoy se me ha olvidado la cartera en casa, fíjate que hasta me han tenido que dejar dinero para comer - le dije rápidamente, en parte era verdad porque me había dejado el monedero donde llevo la chatarra en casa, la cartera sí la llevaba pero pasando de darle un billete de 5 leuros.
- Bueno no pasa nada tronco, hasta luego - se despidió yéndose en otra dirección.
- Hasta luego - le dije.

Me quedé un poco pillado con la situación, el tío me contó un rollo que me pareció bastante creíble aunque me olía que le metieron en la cárcel con razón, por mucho que dijera que el no había hecho nada. Además fue bastante educado, ¿y si realmente necesitara el euro?, bueno a lo mejor me lo vuelvo a encontrar otro día, aunque lo mismo me cuenta otra historia distinta.

domingo, 28 de octubre de 2007

La plaza de la vida y la muerte

Estábamos a mediados de los años 80, llegaba a casa después del colegio, hacía corriendo los deberes, rápidamente me calzaba mis zapatillas, cogía mi balón y me largaba a jugar un rato al fútbol o a las canicas. Eran días felices, en el colegio me lo pasaba bien, me gustaba aprender y tampoco necesitaba esforzarme demasiado, de forma que no era un suplicio pasar gran parte del día allí metido. Por otro lado el colegio estaba a 1 minuto de mi casa y salíamos a jugar a la plaza en el que estaba situado.

Pero dicha plaza era la cara por la mañana y la cruz por la tarde, además la cruz se iba haciendo cada vez más grande según avanzaba el día, por la noche era mejor evitar la zona. La plaza y un pequeño callejón cercano con un jardín pelado se llenaban de zombis, merodeadores de las sombras, apestados de la sociedad que encontraron un lugar en el que saciar su sed de heroína, una plaza en la que horas antes un grupo de niños la llenaban de ganas de vivir.

Siempre recordaré las advertencias de mis padres de que no me acercara a los drogadictos y que no tocara las jeringuillas que a veces nos encontrábamos. He de decir que no vivía ni vivo en ningún barrio marginal, es simplemente un barrio de gente humilde y trabajadora, pero en aquellos años 80 la droga enganchó a una generación de jóvenes. Faltaba información, se quería vivir a tope, había ansías de rebeldía y algunos cayeron en la trampa. Muchos de aquellos yonkis murieron, otros siguen vivos aunque no podrán borrar las secuelas de aquellos días en los que se pinchaban en la plaza de mi barrio. Pero a pesar de las advertencias yo no sentía peligro en ellos, nunca se metieron con ninguno de los críos que jugábamos al fútbol, de hecho en alguna ocasión nos pedían la bola para dar unos toques, dos o tres como máximo puesto que se tambaleaban en sus patas de alambre terminadas en zapatillas J’hayber.

Me pregunto si habría acabado como ellos si en aquella época en vez de tener 7 u 8 años hubiera tenido diez más, nunca lo sabré pero lo que sí tengo claro es que nadie estaba a salvo del peligro de la droga. Por eso este post de reconocimiento para aquellos pocos vecinos que lograron salir del agujero y consiguieron rehacer su vida.

martes, 30 de enero de 2007

Zapatillas J'hayber

¿Quién no recuerda estas grandes zapatillas? Recuerdo haber visto las J'hayber allá a finales de los 80 cuando se empezaron a poner de moda y desde entonces siempre ves a alguien con ellas por la calle.

Ahora mismo ya no ves a la muchachada con ellas pero sí a aquellos adolescentes que las llevaron hace quince o veinte años y ya andan por la treintena y cerca de la cuarentena (cuarentena de tener cuarenta años, no de permanecer aislados por viejunos). ¿Qué podemos decir de estas zapatillas? Lo primero señalar el pedazo de suela que tienen de manera que te duran una eternidad hasta que te comes toda, además de eso son casi indestructibles, pero también tienen sus defectillos, por ejemplo pesan una barbaridad y parece que lleves dos bolas de esas de presos sujetas a ellas, y encima ya están un poco pasadas de moda.

A mi me compraron unas hace un porrón, iba al cole y mis padres me las pillaron a pesar de lo que costaban porque me cargaba todas las zapatillas en nada, culpa de eso la tiene mi irrefrenable impulso a pegar patadas a todo lo que veía en el suelo. Sin duda, fue un acierto porque me duraron un montón y además iba tan chulito con mis zapatillas de marca.

Otros especímenes de la sociedad que hacían uso de estas grandes zapatillas eran los yonkis de mi barrio, todos iban con sus zapatillitas llenas de suciedad, los más avispados decidieron comprárselas negras así no se notaba tanto la mierda y además iban a juego con sus pantalones negros hiperajustados a sus piernas de alambre. También podías ver a los heavys con estas zapatillas negras que combinaban perfectamente con sus camisetas de Iron Maiden o Manowar. Actualmente puedo ver a una legión de jhaiberos entre los flipados y viejos que van a jugar al frontón al que suelo ir.