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jueves, 23 de septiembre de 2010

Hay que cambiar el mundo


A lo mejor en esta época de crisis deberíamos tomar ejemplo de la adaptación de otras especies animales y comernos a nuestros depredadores (llamense políticos, banqueros, empresarios de grandes compañías, sindicalistas y especuladores en general).


martes, 15 de abril de 2008

La dura vida de los hombres-estatua

Supongo que más de uno habréis visto alguna vez a gente disfrazada en la calle haciendo de estatuas, es muy común encontrártelos en los lugares más transitados de las ciudades. Además los hay disfrazados de cualquier cosa (tíos a los que parece se los está llevando el viento, hombres de barro, pistoleros del lejano oeste...) y generalmente cuando les dan un dinerillo se mueven o hacer alguna gracia.

De verdad, me impresionan estas personas capaces de estar tanto tiempo paradas, para mi sería algo imposible porque en seguida me empezaría a picar el culo y me tendría que mover, seguro que terminaría atacado de los nervios. Lo curioso es que casi todos los que se arremolinan a su alrededor son turistas que parece que cualquier cosa es digna de mirar con atención (que conste que nosotros cuando nos ponemos el traje de turistas somos iguales). Todo esto viene a cuento de que el otro día iba yo paseando por la Plaza Mayor y había un tío estatua vestido con colores dorados y simulando tener debajo de sí un caballo, lo que hace cuando le echan pelas es emitir algo así como un relincho con un aparatejo que tiene metido en la boca.

Ya le había visto alguna vez pero en esta ocasión estaba haciendo algo diferente. El caballo era como una forma de caja que se abre por la mitad, pues bien el señor estatua lo sujetaba con una mano mientras que con la otra sostenía una botellita a la altura de la pilila, la cual llenaba con meado calentito. Y cómo no, unos cuantos turistas arremolinados en torno a él para ver lo que estaba haciendo pero como muchos no lo tenían claro saciaron su curiosidad sin disimulo, una señora se asomó para ver que guardaba en el interior del caballo-caja medio abierto. Al presenciar el gusanillo meón a pocos centímetros pegó un salto hacia atrás y le entró una risa floja.

En fin, que es duro trabajar cara al público porque hay clientes que mandarías a la mierda muy pronto, mear tranquilo debería ser un derecho universal.

martes, 19 de junio de 2007

Tengo el despacho hecho un asco

Pues como dice el título, tengo el despacho hecho un asco, no nos lo limpian y ya cada vez está empezando a ser más desagradable trabajar en estas condiciones. Pero qué mejor ver unas fotillos que he hice la semana pasada así veréis que no son paranoias mias:

Aquí podemos ver como está por debajo una botella con agua


Esto son manchurrones en una de las mesas, parecen espermatozoides, a saber qué han estado haciendo sobre esa mesa



La mesa de mi compañera nada más llegar al trabajo



El suelo, en el que podemos ver de todo: una macha negra, una pelusa, pelos y probablemente haya una abundante fauna



Pero sin duda lo más inquietante es esto, está colgado de una pared y parece un nido, me pregunto qué clase de bicho va a salir de ahí

miércoles, 31 de enero de 2007

El caso del hombre que murió devorado por si mismo

Hace unos años un hombre de 35 años murió porque no atendió a su propio cuerpo cuando éste le solicitaba la ingestión de alimentos con grandes rugidos y de forma agónica. Pero no podía atender la petición en esos precisos momentos porque la prioridad era terminar el informe que debía entregar al jefe al día siguiente, así pues, el estómago debía esperar.

Harto de esperar, el estómago decidió llevarse algo a la boca y cuando se dió cuenta la gula se había apoderado de él, no podía parar de comer todos los órganos que tenía a su alrededor, ¡estaban tan ricos! Mientras esto estaba teniendo lugar en su interior, el oficinista seguía enfrascado en terminar el informe sin percatarse de nada.

Sus compañeros empezaron a marcharse a casa pero él no podía permitírselo, debía terminar lo que tenía entre manos si no probablemente su jefe perdería parte de la confianza que se había ganado con el sudor de su frente y sacrificando muchas cosas de su vida. Pero llegó un momento en el que le empezó a doler mucho la barriga, a continuación le fallaron las piernas, después no pudo respirar, le falló el corazón, la cabeza y la vista, solo podía ver una luz.

Varios años después, el esqueleto de aquel oficinista que murió comido por si mismo sigue en el mismo despacho, en la misma mesa, sentado en la misma silla y lo mejor de todo es que aún nadie se ha percatado de ello.