Cada día estoy más convencido de que a medida que te vas haciendo mayor terminas haciendo lo mismo, o adoptando las mismas costumbres, que las generaciones pasadas.Hoy en concreto me gustaría hablar de las fotos, y yendo aún más al detalle, de la manía que tienen las madres a medida que van cumpliendo años de enseñar esas fotos tuyas en las que eras un renacuajo. Mi madre ya no pierde la oportunidad de una nueva visita para sacar los álbumes.
- Mira Fulanita, qué bien sale aquí cuando tenía 4 años en la playa.
Vale que no es lo mismo que Fulanita te vea en pelotas ahora que cuando tenía 4 años, pero tampoco me hace mucha gracia que mi santa madre vaya enseñando esa foto mía con la cola al aire.
Además es que las madres se pueden tirar horas explicando todo lo que rodea a una foto; y ahí se tiran, sin pasar página, todo el tiempo que sea necesario para que ningún detalle se quede olvidado. Mientras tanto, tú al principio lo llevas con filosofía pero a medida que las fotos van pasando y la madre se va animando a contar cada vez más “detallitos”, sin obviar ninguno que te pueda ridiculizar, tu paciencia se va agotando.
Y precisamente ese es el momento, cuando tu paciencia está llegando al límite, en el cual a tu madre se le ocurre la brillante idea de ir a por el libro sagrado para terminar la fiesta: el álbum de la comunión. Supongo que a alguien le molarán esas fotos con traje de gilipollas pero la mayoría las detestamos, de hecho si por mi fuera las quemaba porque solo con verme en ellas me doy asco a mi mismo. Pero claro, no lo hacemos porque sino destrozaríamos el corazón de nuestras madres...






















