Hay una historia que siempre me han contado mis padres, tíos y abuelo que no acabo de creerme demasiado pero que supongo que habrá algo de cierto aunque desvirtuado por la ceguera que produce el amor hacia un hijo, nieto o sobrino.
Allá a inicios de los años 80 me encontraba yo con mi melenita, un poco al estilo beatle, tendría 3 años, justo antes de comenzar el colegio, cuando mi abuelo venía a buscarme a casa. Me encantaba salir a la calle con él porque las malas lenguas dicen que era capaz de sacarle lo que me daba la gana, de hecho era su primer nieto y perdía el culo por mi, luego vinieron más y se acabó la hegemonía. Me llevaba a la calle a dar un paseo, jugábamos un rato al balón, a pisar hormigas y bichos, en fin, a ver mundo y aprender cosillas de mi entorno.
Después de disminuir mi desbordante energía, ya más sosegado, íbamos al bar de mis tíos a tomarnos el vermú, así es como le llamábamos al refresco que me tomaba para aliviar la sed acompañado por unas patatitas. Pero mientras nos tomábamos el vermú al parecer le preguntaba a mi abuelo qué es lo que hacían los señores sentados en las mesas con fichas o con cartas, dependiendo a lo que estuvieran jugando. Así es como comenzó a enseñarme a jugar al dominó, por aquel entonces no sabía ni los números pero después de unos días conseguí echar una partida con perfecta normalidad. Aquí sí que tengo vagos recuerdos jugando con mi abuelo al dominó, incluso anotábamos la puntuación. Supongo que me ganaría la mayor parte de las veces pero debía ser una atracción para los parroquianos del bar ver a un niño de 3 años jugando al dominó.
Pero aquí no queda la cosa, viendo mi abuelo que el dominó ya no tenía secretos para mí emprendió un proyecto con un poco más de enjundia: enseñarme a jugar al mus. Según todos dicen que también aprendí y era capaz de jugar partidillas aunque esto ya me parece más complicado y parte de la leyenda. Sobre todo porque en juego no creo que supiera cuándo tenía 31 o 32.