El finde pasado estuve en el cine viendo 500 días juntos, la que dicen puede ser película independiente del año, y la verdad es que con los toquecillos de buena música que aparecen en la cinta, he de decir que me gustó bastante.Pero por supuesto últimamente no puedo ir al cine sin que me pase algo con esos seres que junto a mi también pululan por esas salas. En este caso, sentada a mí lado junto a su marido estaba una viejuna que ya me empezó a mosquear antes de que comenzara la película: hablaba mucho. Pero eso no fue nada comparado con la que me tenía reservada, ni corta ni perezosa se quitó los zapatos y los puso encima del asiento delantero, pero tranquilos que no se los puso en la cabeza a nadie, el asiento estaba vacío.
Y digo yo, no sólo me parece una falta de respeto que se ponga así con los pezuños sino que al menos podría llevarse sus medias de gala porque las tenía todas remendadas. Así que al final tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano (menos mal que soy un superhéroe) para concentrarme en la peli. Pero no fue sencillo dejar de mirar sus pies con dedos torcidos y callosos, debajo de las medias llenas de remiendos, y no distraerme por sus comentarios: ‘qué rara es esta película’, ‘no me estoy enterando de nada’, ‘¡mira se ha casado la amiga!’, y más comentarios de este tipo. La verdad es que la pobre señora estaba más perdida que un pedo en un yacuzzi, hasta el marido la tuvo que decir que se callara un poco.
Tuve la sensación de que aquella viejuna pagó la entrada del cine para ver una imagen detrás de otra sin ningún tipo de relación, aún así seguro que es lo mismo que la ocurre cuando en su casa se sienta delante de la tele mientras cose los agujeros de sus medias.








